Abrazos
Debo reconocer que tengo un serio
problema con los abrazos. Supongo que debí tener algún trauma de chiquita.
Quizás esas “tías” – que en realidad eran las amigas de mi madre- tan
querendonas y melosas que me abrazan como si quisieran asfixiar y me jaloneaban
los cachetes como si fueran de plastilina, tienen mucho que ver con ese
problemilla.
El tema este de los abrazos me ha
premiado con fama de insensible. Y no es exactamente que lo sea, pero no me
gusta andar apretujando a la gente para demostrar mi afecto; claro que si la
ocasión –o la persona- lo amerita, apapacho con cariño (aunque por lo general
las situaciones no lo ameriten). Me consuela creer que no soy la única con este
inconveniente y que no es necesario recurrir a un psicólogo para superarlo.
Pero debo confesar, que aquí donde vivo, la gente tiene la espantosa costumbre
de ser demasiado afectuosa.
Hace ya un tiempo, han surgido
enfermedades un tanto extrañas por estos lares, si no son causados por bichos
tan comunes de la zona, lo son ocasionados por virus. Aunque últimamente, en
mis caminatas por las calles principales de la ciudad he notado algo raro. No
me he atrevido a comentarlo con nadie. Pueden creer que soy exagerada, pero en
un lugar donde el sol es excesivamente abrasador no es normal que de la noche a
la mañana las personas hayan palidecido. Sí, palidecido por extraño que
parezca. Han ido adquiriendo un color amarillento en sus pieles, sus miradas
han empezado a perderse, como si no estuvieran realmente aquí. Supongo que ver
tantas series, me está afectando, aunque nadie me quita la idea de la cabeza.
Hace días, entré a un famoso
banco de la ciudad, obviamente los trabajadores allí suelen ser más
“blanquitos” que los demás, pero al acercarme a hacer unos pagos, noté que un
olorcillo extraño (y no muy agradable) se desprendía de uno de los simpáticos
cajeros. Supuse que era algún descuido en su cuidado personal, hasta que noté
una extraña marca en su cuello, como algo desgarrado. Debo confesar que fijé mi
mirada en esa marca, de una manera exagerada, que bien podrían haberme dicho
algo no tan cortés, sin embargo, el joven no notó que lo estaba mirando, se
reducía a cumplir sus labores como una máquina perfectamente programada, sin
que nada a su alrededor le despierte curiosidad.
Fue extraño, la misma marca noté
en la mayoría de encargados de atención al cliente, supongo que intenté no
darle mayor importancia. Hasta que ingresó al local una joven bastante bajita,
morena y delgada. Una de las cajeras, que bajaba por las escaleras, se apresuró
a saludarla, y no dudó en darle un fortísimo abrazo, que sorprendió a la
fémina. En ese preciso momento, noté el radical cambio en la mujer; su morena
piel empezó a palidecer, a volverse en un primer momento de un tono
amarillento, para volverse casi blanca como una hoja de papel. Después de esto
la marca del cuello apareció y los ojos con mirada perdida, hicieron que pierda
todo vínculo con la realidad. Menudo espectáculo el que observé, y vieron
también todos los clientes del banco.
En ese momento, la mujer bajita
se acercó sorpresivamente a la última de la fila que esperaba para ser
atendida, y sin más ni más, le dio un afectuoso abrazo que hizo palidecer a la
mujer. Eso fue una cadena de abrazos dentro del banco, y como soy tan cobarde,
evité ser abrazada y salí corriendo del dichoso local. En la calle, el panorama
fue mucho peor, los transeúntes, los taxistas, cambistas y cuanta persona se
cruzara en mi camino, pretendía acercarse a abrazarme, a contagiarme de esa
palidez y desconexión de la realidad en la que estaban atrapados.
¡Carajo! Esto no es posible, me
decía espantada, supongo que lo mejor que pude hacer fue echar a correr sin
tener la mínima idea de a donde me dirigía, y claro, eso no era muy importante,
pues por donde fuere que me asomara aparecían más y más de estos tipos
queriéndome abrazar. Fue tal la desesperación que tropecé (¡Vaya torpeza!) y
caí en medio de una calle. Mi tobillo, me dolía espantosamente y rápidamente
noté que no me podría levantar, al ver
que una turba se acercaba a mí, cerré los ojos y grité.
Estaba sudando frío, con las
ventanas de mi habitación abiertas y el televisor encendido, en el aparato se
veía una popular serie sobre zombies. Al oír mi grito, mi hermano se acercó
corriendo, al verme temblando y sudando se rió a carcajadas. Acercándose a mí,
dijo suavemente, tranquila hermanita, fue un mal sueño. Dándome entonces un
reconfortante abrazo, hasta que noté en su cuello, una extraña marca.


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